FICHA DE ESCALADA

Por HERMANOS MACEDO, Guías de Alta Montaña del F. j.

 

 

Una vez más nos encontramos en el agreste e incomparable macizo central de las Picos de Europa; sobre la verde prade­ra en que se asienta él coloso de los Picos, el Naranjo, tenemos montada nuestra pe queña tienda, que bate un viento bastante violento y que nos da la impresión de que va a arrancarla de un momento a otro. An­tes de partir hacia la Celada la calzamos por dentro y fuera con gruesas piedras y después de efectuado, con el material al hombro, alegremente empezamos a remon­tar la canal en la que las sombras hacen más intenso el frío.

Dos neveros bastante grandes ocultan a trechos la senda levemente dibujada en la pradera. Un cielo maravilloso, de un azul diáfano y puro nos promete udía esp1én dido; la vista alcanza lejanías insospecha­das dada la enorme transparencia de la at­mósfera, el día sereno y dulce nos hace más gratas las impresiones y algo muy ín­timo canta dentro de nosotros mismos.

Llegamos a la base de la escalada a las diez y diez, donde repasamos un poco bajo la tibia, caricia del sol; a las diez y media empiezo a trepar por la vertical pared que me ha de conducir al nicho; tres clavijas que penden de los mosquetones en mi cin­tura ritman la progresión como un himno  a la escalada; hay momentos de plenogo- ce en esta trepada en la que esnecesa­   rio un equilibrio y adherencia que parece incompatible con el peso y la ley de la gravedad. Se emplea la segunda, cueda an­tes de que alcance el nicho y casi la mitad de ella es precisa para conseguirlo. Este nicho no es más que una pequeña repisa de unos 12 a 15 centímetros de anchura. y de regulares condiciones para asegurar, por lo que, amenos de la mitad del camino, se quedada Angel recuperando al amigo Rado, que nos acompaña, con objeto de que pueda disponer de unos cuanto metros más

 

de cuerda; una vez hecho esto, se me une y continúa otros veintitantos metros hasta introducirme debajo del brazo izquierdo de la Y (y griega) ; clavo para asegurarme al recuperar y Rado se une a mi hermano y

éste a su vez llega hastamí. Voy ascen­diendo por fuera del brazo dela Y hasta llegar a un paso velado, que domino fácil-mente, mientras Angel recupera a Rado;  yo cotinúo hasta acabar los cuarenta y tantos metros de cuerda que nos separan. Como estoy llegando al final, empiezo a buscar un paso de travesía que nos han di-cho simplifica algo la cuestión, y al no  en contrar una clavija que debía haber ni la huella de la misma, me decido adar el paso este por donde creo más razonable; An­  gel está a unos pocos metros, clavo y em­piezc, la travesía muy aérea y fina y con un vacío considerable, llegando a la con junción de los dos brazos de la Y después de bajar unos cuatro o cinco metros.. Al cabo de un rato de recuperaciones en el orden indicado, nos reunimos los tres en el vértice y juntos empezamos a subr hasta llegar al final del brazo derecho; una es

pecie de diedro se nos presenta y es salva-do sin dificultad alguna. en seguida una travesía horizontal corta, pero bastante mala por carecer de presas; una vez dado este paso vemos la entrada a la Gran Cor­nisa, tan fácil que más no puede ser; una llambría, no muy inclinada recubierta en algunos trechos de arenilla nos conduce a la hierba de la cornisa donde con un ape­tito voraz tomamos un bote de mermelada que nos sabe a gloria. Son las doce y cin­cuenta horas.

A las trece y  cinco nos ponemos nueva- mente en marcha; ahora  viaja Angel en cabeza y yo  le sigo ; estamos al final de la Gran Cornisa, que Se funde en una pared limpia de a. Las llambrialinas se desploman so­bre la Celada vertiginosas y pulidas,. Sobre nuestras cabezas echadas hacia atrás otean do lo que sigue, gravita, una, canal de no muy buena facha que nos hace dudar de que estemos en el buen camino, pues esto no es una chimenea como nos habían di-cho; no obstante, Angel da el pase que lla­man de hombres, sin mi ayuda, con abso­luta facilidad, y al encontrar una clavija nos convencemos de que estamos en la bue­na ruta; un troza de- unos cuatro a seis metros es salvado con gran habilidad; pero

 


 

el siguiente, del miso tipo, exige especial cuidado, pues la caliza pulida no responde     a la presión y escurren pies y -manos. Durante, unas metros la escalada se presenta más fácil; pero, a continucaión encontra-   mos un paso bastante molesto: una piedra empotrada en la canal a modo de techo

obstruye el paso en el que hay que calcu-

las si la abertura de las piernas es suficien-

te sin temor al calambre, por lo forzado de

la posición, para salir a la llambria fina y

pulida a más no poder. Aquí encontramos

un sitio ideal para asegurar formado por

una especie de pequeña torca que origina

una minúscula cueva. La cumbre cercana,

 en la que vemos lucir el sol, nos anima a acelerar la escalada todo lo que sea posi­

ble; pero aún nos queda un último pase formado por un estrangulamiento de la ca-

nal, que ya cansados, nos hace perder tiem-

po y acrecienta nuestros deseos de tomar    el sol. Rado se pone en cabeza una vez pa-

sado este paso y con la cuerda puesta en anillos y en bandolera, con tres o cuatro vueltas en la mano, corremos para alcan­

zar el sol y cuando rías queremos dar cuen­

ta hemos rebasado en    unos ocho metros eI buzón; son las quince y treinta horas.

 

El macizo entero a nuestros pies reposa;  la vista familiar de las cumbres vecinas parece que nos saludaran como viejos ami-

gos que acudieran gozosos a recibirnos des-

pués de una larga ausencia, alguna ligera

nube en el cielo azul se deshilacha suave-

mente; todo es quietud y paz.

Silenciosamente fluyen a la memoria re-

cuerdos de nuestras ascensiones anterio

res en peores condiciones de tiempo, de aquellas en que no pudimos gozar como

hoy de un día maravilloso y de estas vis

tas amadas intensamente en, unos pocos

días y añoradas a lo larga de un más largo

año. El tiempo corre, el sol camina pere­

zoso hacia su ocaso y el aire se vuelve frío,

por lc que iniciamos el descenso al máxi­

mo de velocidad y cuando el sol empieza

 a irse del Jou tras el Picu, ya vamos co­rriendo por la Celada hacia la tienda, don-

de aún gozamos de un rato más de sol

mientras merendamos y preparamos los sa-

cos de dormir.

El aire brinca impetuoso y se estrella

contra la tienda, los vientos gimen y la lo-

na se comba; y solamete el ritmo de las respiraciones y el viento hablan de vida.